Dimite Esperanza Aguirre tras la detención de Ignacio González en la operación Lezo

Esperanza Aguirre ha dimitido, en lo que supone su tercera renuncia desde que anunciase por primera vez que se iba en septiembre de 2012. Con todo, la de ahora sí que parece definitiva, ante el auténtico terremoto político que ha supuesto la detención de Ignacio González, su sucesor en la presidencia de la Comunidad de Madrid y mano derecha. Antes, en febrero de 2016 ya tuvo que dejar la presidencia del PP madrileño después de la imputación en la Operación Púnica de otro de sus más estrechos colaboradores: Francisco Granados, atribuyéndose entonces una asunción de responsabilidad política ante un fallo ‘in vigilando’ de la supervisión de las actividades del que fuera uno de los principales consejeros de su Gobierno.

Han transcurrido casi cinco años desde su primer adiós, cuando sorprendió a propios y extraños con una despedida en la que adujo motivos personales (se estaba recuperando de un cáncer de mama), argumentando que era esencial para un político elegir “el momento y la forma de la retirada”. Protagonizaba así una renuncia que sus críticos interpretaron como una dimisión táctica, con la finalidad de protegerse de la exposición que suponía estar en primera línea en un momento álgido de la crisis económica, en una difícil coyuntura en la que como presidenta de la Comunidad de Madrid para cuadrar las cuentas y cumplir con el sacrosanto déficit le tocaba adoptar medidas impopulares bajo la forma de recortes, e incluso, quizás, subidas de impuestos. Un auténtico anatema para la gran adalid liberal.

Las suspicacias pronto se vieron confirmadas al saberse que continuaría como presidenta del PP de Madrid, controlando una de las organizaciones autonómicas más importantes del partido, así como preservando atribuciones tan esenciales como la de confeccionar las listas para las elecciones municipales y autonómicas. Con esto, evitaba el desgaste del día a día de una gestión gubernamental que en ese momento prometía más días de hiel que de vino y rosas, reteniendo una importante base de poder por si se volvía a presentar la ocasión de disputarle el liderazgo de la dirección nacional a Rajoy. Asalto que ya había intentado sin éxito después de la derrota electoral de 2008.

Mientras que los embates de la crisis y los escándalos de corrupción erosionaban al PP nacional, comprometiendo sus expectativas electorales, procuró mantener un perfil distintivo, a veces incluso con malabarismos imposibles como el de proclamar que había destapado la Gürtel, aunque sí tuvo en su momento los suficientes reflejos para cesar con rapidez a todos los implicados en la vertiente madrileña de la trama, en contraste con las dilaciones y lentitudes de Rajoy a la hora de exigir la asunción de responsabilidades políticas.

Puesta de perfil ante el escándalo de los papeles de Bárcenas, que afectaba sobre todo a la Dirección Nacional de la que ella no formaba parte, se erigió en la última esperanza blanca para preservar el Ayuntamiento de Madrid en las Elecciones Municipales y Autonómicas de 2015. Propósito en el que fracasó, sin renunciar por ello a arremangarse para ejercer la oposición a Carmena.

En esas estaba cuando se destapó la Púnica, trama que supuestamente tenía como uno de sus presuntos cabecillas a Francisco Granados, un estrecho colaborador que incluso llegó a ser barajado en su momento como uno de sus posibles delfines. En plena ola de indignación social por la corrupción, en un momento político muy sensible, justo en el intervalo entre las elecciones generales de diciembre de 2015 y las de junio de 2016, a Aguirre no le quedó más remedio que poner sobre la mesa su dimisión como presidenta del PP madrileño. Un liderazgo que de todas formas tenía los días contados ante la irrupción de Cristina Cifuentes, cuya entronización en el siguiente congreso regional se daba por descontada.

Limitada desde entonces a encabezar la oposición en el Ayuntamiento de Madrid, el golpe de gracia definitivo que ha acabado con su carrera (al menos de momento) ha sido la detención de Ignacio González, exvicepresidente, mano derecha y sucesor de Aguirre en la propia presidencia de la Comunidad, una figura tan cercana a ella que en el argot político del siglo XVII habría sido calificado como una “hechura” o “criatura suya. De manera que su presunta implicación en la comisión de graves delitos dejaba a Aguirre en una posición insostenible, arruinando los rescoldos de credibilidad de su discurso de defensa de solo haberse equivocado al elegir “dos ranas”.